En términos generales podríamos decir que durante las últimas décadas los padres han sido incorporados (o por lo menos “tolerados”) en el parto. En buena medida, este cambio se ha producido por el reconocimiento del derecho de las mujeres a ser acompañadas y no tanto por una valoración del papel de los padres con relación al nacimiento de sus hijos.

El parto en casa facilita que los varones puedan asumir el protagonismo que como padres también les corresponde, tanto en el servicio de acompañamiento y apoyo a sus parejas como en la propia vivencia emocional de la experiencia compartida.

Así pues no hay una posición previamente definida para el padre ni en sentido físico ni emocional. Cada pareja puede, con libertad, formular sus propias expectativas y articular el rol que desarrolla durante el trabajo de parto en vistas a garantizar el acompañamiento del bebé que nace así como el bienestar de toda la familia.

De un modo análogo puede hablarse del papel de la compañera-comadre en parejas lesbianas.

Tanto en uno como otro caso no es el/la acompañante quien se pone al servicio de un protocolo sino que estos se adaptan, con flexibilidad y lucidez, a las necesidades y preferencias de cada familia.   

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